Cómo unos grandes almacenes levantaron sus catedrales sobre palacios, un hotel de guerra, un convento del siglo XV, una cárcel de mujeres o un barrio entero. Y cómo un país acordó, sin decirlo nunca, olvidarlo.
Hay una ventana modernista incrustada en la fachada de un El Corte Inglés. Si quieres entender de qué va esta historia, empieza por ahí.
Está en la calle Fontanella, en la plaza de Catalunya, la plaza central de Barcelona, y se ve bien desde el carrer d'Estruc, un callejón que algunos turistas confunden con un urinario. Si no la buscas no la ves, porque nadie levanta la cabeza al entrar a comprar calcetines. Tres arcos góticos sobre columnas, una balaustrada labrada, cuatro musas de piedra tocando instrumentos. Antoni Maria Gallissà los diseñó hacia 1906 para la sala de música de una casa burguesa. Hoy cuelgan de un muro gris de grandes almacenes como una cabeza disecada en el salón de un cazador. Que es exactamente lo que son: un trofeo. La prueba de que aquí hubo algo, y de que a ese algo lo mataron.
La galería pertenecía a la Casa Sicart, y la Casa Sicart ya no existe. La tiraron para hacer más grande el almacén. Cuando el edificio cayó la galería se hizo añicos, así que a alguien se le ocurrió (entre la culpa y el cinismo, que en el urbanismo español suelen ir de la mano) reproducirla en piedra artificial armada y clavarla al muro nuevo. Un recuerdo, digamos, de esos in memoriam que encarga la misma mano que ordenó el derribo.
Esto va de una empresa (la mayor, la más querida, la que ejerce un monopolio sentimental sobre varias generaciones de compras navideñas en España) que levantó algunos de sus templos sobre patrimonio derribado del país: palacios, conventos, un hotel de guerra, una cárcel de mujeres, un barrio entero, entre otros. Y va de un país donde esto ocurrió, buena parte bajo una dictadura, y luego se olvidó de forma tan completa que casi nadie supo que había ocurrido.
El método de El Corte
Conviene situar al sospechoso, porque todo crimen tiene uno y este lleva corbata de Emidio Tucci. El Corte Inglés nace de una sastrería de la calle Preciados que un tal Ramón Areces, asturiano de Grado curtido en los almacenes El Encanto de La Habana, compra en 1935 con el dinero y el respaldo de su tío. De siete empleados a devorar toda España, esa clase de biografía que en este país se cuenta con una lágrima en el ojo y una placa de latón atornillada a alguna plazoleta.
Pero no es esa la cifra que importa. La cifra que importa es la fecha: la empresa lanza su gran expansión en los años sesenta, en pleno desarrollismo
DesarrollismoEl boom económico español de los años sesenta, cuando la dictadura franquista priorizó el crecimiento rápido: autopistas, bloques en altura y turismo de masas, a menudo a costa de los centros históricos. franquista, justo cuando España decidió que el pasado era un estorbo y que el progreso se medía en metros cuadrados de hormigón vertido. Dicho en plata: soltaron al lobo y, a la vez, abrieron de par en par las puertas del corral.
Los italianos tienen una palabra para lo que pasó entonces: sventramento, un destripamiento. Abrir en canal el corazón histórico de una ciudad para meterle la modernidad a la fuerza. En España preferimos no nombrarlo, porque lo que no se nombra caduca antes, pero lo hicimos igual, con el entusiasmo eufórico y la fe en el ladrillo de aquellos años. Y El Corte Inglés, una máquina de vender con la sensibilidad patrimonial de una apisonadora, necesitaba suelo en el centro de las grandes ciudades; y como el centro ya estaba ocupado, lo compró manzana a manzana y derribó lo que hubiera encima. Muerde, escupe el escombro y avanza. Y la caja registradora, tres años después, suena sobre todo lo que convertía una ciudad en una ciudad.
Hay que ser justos con una distinción, porque sin ella esto se convierte en una soflama, y una soflama se cae sola. No todos estos crímenes los cometió la misma mano. Durante medio siglo dos gigantes asturianos se pelearon por la cartera de los españoles: El Corte Inglés de Ramón Areces y Galerías Preciados de Pepín Fernández, familia los dos por el mismo tío, César Rodríguez (primo de Pepín, tío de Areces), y los tres formados en los mismos almacenes habaneros, El Encanto. Parientes, rivales, condenados a odiarse en los negocios y quererse en los entierros. Galerías cayó (deudas, el holding Rumasa, la expropiación del Estado en 1983, un dueño venezolano, luego uno británico) y en 1995 El Corte Inglés se la tragó entera. Heredó las tiendas y, con ellas, a algunos de sus muertos. Así que en ciertos casos el verdugo real fue Pepín, y El Corte Inglés se limitó a quedarse la casa con el fantasma dentro.
El hotel donde Hemingway bebía bajo los obuses
En la plaza del Callao, una de las plazas centrales de Madrid, donde hoy un El Corte Inglés vende perfume con la cara de alguna actriz, estuvo el Hotel Florida. Antonio Palacios lo construyó entre 1922 y 1924, el hombre que firmó el Palacio de Cibeles, el Círculo de Bellas Artes y hasta el logotipo del metro de Madrid. Diez plantas, doscientas habitaciones con baño y teléfono, la fachada revestida de mármol blanco. Una cantidad indecente de modernidad para su época.
Y luego llegó la guerra y el Florida se convirtió en una de las direcciones más célebres del siglo XX y en un emblema de la República. Mientras caían los obuses sobre la Gran Vía (la avenida de los obuses, la llamaban) entre sus huéspedes estaban Ernest Hemingway, Martha Gellhorn, John Dos Passos, Saint-Exupéry, André Malraux. Y dos jóvenes fotógrafos enamorados que estaban inventando el fotoperiodismo de guerra: Endre Ernő Friedmann y Gerda Taro, ambos creadores del personaje de Robert Capa. Las habitaciones que daban a la calle, las que se llevaban la metralla, eran las más baratas, lo que dice algo bastante exacto sobre el sentido del humor de la época. Una noche de abril de 1937 dos bombas alcanzaron el edificio y Hemingway, a quien nadie ganaba en gestos grandilocuentes, declaró que tenía plena confianza en el Florida. El hotel sobrevivió a toda la guerra.
En 1964, Galerías Preciados (aquí el verdugo fue Pepín, que conste) lo compró y lo derribó para levantar unos grandes almacenes. Nadie protestó. Era el desarrollismo: un edificio de Antonio Palacios, cargado con la memoria de la defensa de Madrid, valía menos que un escaparate. Sobre ese solar se levanta hoy el El Corte Inglés de Callao, que lo heredó en 1995.
En 2019, cincuenta y cinco años después, se puso una placa. La promovió la propia empresa. Dice que allí estuvo el Hotel Florida, de 1924 a 1964, lugar de encuentro de escritores y corresponsales. No dice quién lo derribó, ni por qué. Las placas, en este país, dirigen nuestra mala conciencia hacia los monumentos desaparecidos, y la mala conciencia dice cosas como: aquí se demolió tal, aquí mataron a X, aquí se perdió tanto, lo sentimos muchísimo pero…
5.455.368 pesetas, el precio de tres palacios
Si un caso lo resume todo, es en Sevilla, y cabe dentro de un cheque. Hasta los años sesenta, la plaza del Duque, en el centro histórico, era un racimo de palacios señoriales. El del Marqués de Palomares, levantado sobre el antiguo solar de los Duques de Medina Sidonia. El palacio neomudéjar de Miguel Sánchez-Dalp, una fantasía regionalista del arquitecto Simón Barris que los cronistas ponían como el modelo mismo de lo que debía ser el estilo sevillano. Y el colegio Alfonso X. El Corte Inglés los compró en 1966 y los derribó para abrir sus almacenes el 8 de marzo de 1968. Antes había caído el Teatro del Duque, y en 1963 el palacio Cavaleri, del que solo sobrevivió la portada renacentista (otra cabeza disecada, otra ventana de Fontanella avant la lettre, hoy encajada en un anexo de la tienda).
Hasta aquí, la historia de siempre. Lo que la convierte en otra cosa es lo que vino después, y lo sabemos con precisión de notario gracias a la tesis doctoral del arquitecto Pedro Barrero Ortega, defendida en la Universidad de Sevilla en 2017 bajo la dirección de Antonio Gámiz Gordo. Ramón Areces, el fundador de El Corte Inglés, entregó el cheque al alcalde de Sevilla, Félix Moreno de la Cova, en el salón del Hotel Alfonso XIII, el más señorial de la ciudad. La cifra coincidía, peseta a peseta, con el valor de expropiación de otro palacio: 5.455.368 pesetas.
Páguese por este cheque a El Excmo. Ayuntamiento de Sevilla
la cantidad de cinco millones cuatrocientas cincuenta y cinco mil trescientas sesenta y ocho pesetas
Lee el concepto otra vez. El cheque no pagaba los tres palacios que tiró; nada podía pagarlos. Pagaba el que no tocó, el Pinelo, y a eso lo llamó compensación moral. Un palacio renacentista en ruinas, restaurado con ese dinero, hoy sede de dos reales academias. La aritmética es honesta hasta la crueldad. Se salva un palacio porque se mataron tres. La cultura sevillana cobró el rescate de un rehén con el dinero del secuestro de los otros.
Y todos se fueron a casa contentos: la ciudad se quedó su palacio restaurado, la empresa sus almacenes y su titular benéfico, y los tres edificios derribados desaparecieron del registro como desaparece un cuerpo en un crimen bien resuelto. Cuando una empresa le pone precio en pesetas a su propia destrucción y lo paga sin un temblor, es que hizo los números y le salían. Ese es el verdadero documento de la operación: el cheque.
Comprar mujeres con descuento
Y luego está la Diagonal, la gran avenida que atraviesa Barcelona. Aquí ya no hablamos de arte, ni de la pena abstracta que deja un edificio bonito que ya no está. Aquí hablamos de mujeres y de niños, y de un edificio cuyo valor no estaba en lo que parecía sino en lo que se hizo dentro, y no hay máquina de olvidar más concienzuda que unos grandes almacenes que lo venden todo, abiertos hasta los domingos.
El Corte Inglés de la Diagonal, junto a la plaça Reina Maria Cristina, abrió el 16 de marzo de 1974. Debajo (literalmente debajo de los probadores y de las escaleras mecánicas) había estado la cárcel de mujeres del franquismo en Barcelona. El solar había sido una masía medieval y luego un asilo de monjas; en octubre de 1936 la Generalitat republicana lo convirtió en correccional de mujeres, y en enero de 1939, cuando entraron las tropas de Franco, pasó a ser lo que sería durante dieciséis años: un almacén de castigadas, con monjas entre quienes lo regentaban.
Las cifras las estableció el historiador Fernando Hernández Holgado a partir del registro de entradas y salidas que se conserva en el Arxiu Nacional de Catalunya.
Lee esa frase las veces que necesites. Mil ochocientas mujeres y cuarenta y tres niños en un sitio para ciento cincuenta.
Y la cifra que de verdad no admite eufemismo: durante los tres primeros años de posguerra, once presas de Les Corts fueron sacadas y fusiladas en la arena del Camp de la Bota. La primera fue Carme Claramunt, ejecutada en 1939. En su carta de despedida escribió que estaban matando a una mujer inocente. Tenía razón, pero en 1939 eso no salvaba a nadie.
La cárcel cerró en 1955. El solar acabó, mediante una operación inmobiliaria, en manos de El Corte Inglés, que levantó su tienda en 1974 sin nada que indicara que ese rectángulo de Barcelona había sido un infierno con nombre de mujer. Y aquí llega el detalle más revelador de todos.
Cuando en 2010 el Grup de Dones de Les Corts consiguió por fin poner una placa, el texto tuvo que pactarse con la dirección de la tienda. Y la dirección pidió que no hubiera referencias políticas. Que no se mencionara la dictadura. Que no se nombrara lo que aquel lugar había sido. Lo cuenta Anna Maria Batalla, hija de una de las reclusas. La placa quedó tan aséptica, tan mal puesta y tan ilegible que los peatones pasan por delante sin verla.
Hubo que esperar a diciembre de 2019 para un memorial digno (del arquitecto Jordi Henrich, la artista Núria Ricart y el propio Hernández Holgado, empujados por la plataforma ciudadana Futur Monument) en la esquina de Joan Güell con Europa. Fíjate en el patrón, porque se repite por toda España: la memoria no la pone nunca la empresa, ni la administración por iniciativa propia. Se arranca, durante años, a base de hijos y nietos y un puñado de historiadores tercos. El memorial, como dicen quienes lo levantaron, es el proceso. Es decir: la pelea.
La cabeza disecada de la plaza de Catalunya
Volvamos al principio, a la ventana de la calle Fontanella, porque ahora ya sabemos leerla.
El Corte Inglés de la plaza de Catalunya abrió en 1962 y creció a costa de su manzana. La gran ampliación de los noventa (cuya autoría, y aquí hay algo cercano a la farsa, firmó nada menos que Oriol Bohigas, el arquitecto-ideólogo de la Barcelona olímpica, con su estudio MBM) exigió tirar la Casa Sicart, la casa modernista del conde de Sicart con la galería de Gallissà. La obra se terminó en 1993 y fue muy criticada por su mole gris y por haber devorado edificios de valor en el punto más céntrico de la ciudad.
La fecha exacta del derribo de la Casa Sicart varía según la fuente (1987, 1990, 1991), y esa imprecisión es, de por sí, bastante elocuente: ni siquiera nos molestamos en anotar con exactitud cuándo matamos las cosas.
Lo que quedó es esa galería rehecha a partir de moldes, clavada al muro como concesión a la conciencia. La diferencia entre restaurar y embalsamar es la misma que hay entre cuidar a alguien y disecarlo, y los españoles, en lo que toca al patrimonio, somos una nación de taxidermistas. Colgamos la ventana bonita en el muro de la tienda y nos decimos que honramos la historia. Que honramos su vitrina.
El barrio del futuro que mataron para vender sofás
Pregúntale hoy a cualquier urbanista cómo es el barrio del futuro, y te describirá Pozas sin saberlo: poco tráfico, aire limpio, niños jugando en la calle, una escuela y todas las tiendas a unos minutos a pie, vecinos que se conocen. Madrid había construido exactamente eso en 1863, en un solar triangular barato junto a la antigua puerta de San Bernardino, y luego lo derribó para poner unos grandes almacenes y un hotel.
El constructor se llamaba Ángel de Pozas y Cabarga, y quería, en sus propias palabras, dignificar a la clase obrera de Madrid. Compró el solar precisamente porque su forma triangular y aguda lo hacía barato, y sobre él el arquitecto Cirilo Ulibarri trazó cinco manzanas y tres calles interiores, Hermosa, Solares y el pasaje de Valdecilla, alrededor de una pequeña plaza. Edificios de cuatro plantas con baños privados y unas condiciones sanitarias impensables para los obreros del siglo XIX. Dentro del triángulo, diecinueve bloques residenciales y un vigésimo en el centro que albergó, en distintos momentos, un centro cultural, una fábrica de botones y lo que hiciera falta.
Funcionó. Hubo un mercado, una oficina de correos, un cuartel de la Guardia Civil, una escuela, tabernas, talleres artesanos, hasta una escuela de artes y oficios. El primer tranvía de Madrid, en 1871, eligió unir el barrio de Salamanca y Pozas a través de la Puerta del Sol. Galdós y Baroja pasearon por sus calles. Allí se rodaron más de cincuenta películas. En el censo de 1875 tenía 1.588 habitantes, una cifra que mantuvo más o menos hasta el final.
En 1955, en el apogeo de la fama de Pozas, nació en la calle Hermosa el arqueólogo Lauro Olmo Enciso. Su padre era el dramaturgo Lauro Olmo, autor de La camisa; su madre, la escritora Pilar Enciso. Fue la última generación criada en aquellas calles. Los niños, recuerda, casi vivían en la calle, porque no había coches y siempre había un vecino vigilando; cuando enfermabas, alguien se daba cuenta y te subía un plato de caldo.
El caldo se acabó una mañana de 1968, cuando llegó la policía y empezó a desalojar gente. Primero a los viejos: una orden de desahucio, cinco mil pesetas de indemnización y un piso en una promoción que ni siquiera era de Madrid. El Ayuntamiento, con Arias Navarro a la cabeza, había decidido derribar el barrio entero, alegando informes técnicos de ruina inminente que nunca aparecieron. El Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid envió a sus propios peritos y concluyó que no había ruina de ningún tipo, solo algunos revestimientos de fachada descuidados que podían arreglarse.
La excavadora no paró. En pleno desarrollismo, con la ciudad desbordada y los obreros llegados de provincias hacinados en chabolas, Pozas era demasiado bueno para convertirse en un centro comercial. Los edificios cayeron uno a uno a lo largo de cuatro años, y cada pocos días se declaraba un incendio en los solares vacíos, que los vecinos leían como presión y el promotor achacaba a los niños del barrio. En 1971 solo quedaba en pie el bloque de la familia Olmo, a la altura de lo que hoy es el departamento de peletería de El Corte Inglés, una familia resistiendo un año entero en mitad de los escombros.
Un barrio que resolvió, en el siglo XIX, los problemas que los urbanistas siguen intentando resolver hoy. Arrasado en el XX.
El dramaturgo se lo tomó como una guerra personal. Enterró al Ayuntamiento en pleitos y usó su fama para llenar portadas. El 11 de febrero de 1972, a las nueve de la mañana, la excavadora aparcó frente a la casa de los Olmo. Estaban todos los medios nacionales, y también la BBC y Le Monde, que habían enviado corresponsales a Madrid por la historia. Las crónicas cuentan que el padre, desesperado, salió a por pintura y decoró su puerta con los colores de la bandera española, invocando una ley que prohibía ultrajar el emblema nacional. Tampoco funcionó. Tras cuatro años, la familia salió pasadas las diez y media. Aquella mañana murió un barrio, y la fotografía estaba en las portadas al día siguiente.
Aquí está la parte que debería ir grabada sobre la entrada. Casi una década después, cuando ya había un El Corte Inglés y un hotel de cuatro estrellas encima de su casa, el Tribunal Supremo falló a favor de Lauro Olmo y declaró ilegal la construcción de los almacenes. La palabra no es nuestra, es del tribunal: ilegal. La indemnización apenas cubrió las costas judiciales de la familia, y el derecho de retorno fue, por supuesto, denegado, porque para entonces el solar era un centro comercial de mucho éxito. La sentencia llegó, como suelen llegar las sentencias en esta historia, cuando ya no quedaba nada que devolver.
Lo que compras cuando compras una manzana
A estas alturas el patrón es agotador, y de eso se trata. La misma excavadora llegó a Bilbao, donde el El Corte Inglés de la Gran Vía se levantó sobre el colegio del Sagrado Corazón, y a una docena de ciudades más. Ni siquiera se detuvo en la dictadura: en Santander, el cambio de plan urbanístico que trajo el El Corte Inglés de Nueva Montaña, abierto en 1999, condenó un viejo barrio obrero siderúrgico, y en 2005 su iglesia parroquial fue derribada pese a las protestas de los vecinos. Pero hay un caso valenciano en el que vale la pena detenerse, porque abarca toda la operación con un cinismo tan completo que podría enseñarse.
En 1968 las monjas dominicas vendieron a El Corte Inglés la manzana entera de la calle Colón, en el centro de València: el convento de Santa Catalina de Siena, fundado en 1491 sobre lo que había sido el cementerio judío de la ciudad. Monjas otra vez, como en Barcelona. Durante siglos la Iglesia tuvo el suelo más céntrico y valioso de las ciudades españolas, y buena parte se vendió en cuanto valió la pena venderlo. La tienda derribó casi todo. Casi. La iglesia intentaron desmontarla piedra a piedra y llevársela a Orriols, un barrio del extrarradio, aunque sus muros de tapial no se dejaban separar y convirtieron el traslado en un problema; la rearmaron en otro solar como quien monta un Lego. Podría decirse que la deportaron. Un convento que había estado en pie casi cinco siglos, desmontado para despejar una planta de venta.
Lo arrancaron de cuatro siglos de su propio suelo para que el solar del centro quedara libre de obstáculos, y pudiera soportar, encima, la escenografía de una España que ya se imaginaba distinta: la España de los turistas primero, y la de sus señoras y señores después. Es la misma lógica del cheque sevillano llevada a su extremo físico: el patrimonio se reubica donde no moleste al negocio. Y no vale escudarse en la época, que es la coartada de siempre, ese «todos lo hacían» de quien nunca paga. Porque alguien firmó. Alguien pagó. Alguien abrió la caja a la mañana siguiente sobre el solar todavía caliente.
Lo que une el hotel de Hemingway, los palacios de Sevilla, la cárcel de las mil ochocientas mujeres, un barrio entero de Madrid desgastado casa por casa, el convento del siglo XV desmontado y rearmado en el extrarradio y la ventana embalsamada de Barcelona no es la arquitectura, que era distinta en cada sitio. Parece un cálculo preciso, repetido ciudad tras ciudad, de que la memoria de un lugar no figura en el balance, no cotiza, no se interpone en una caja registradora si se maneja con suficiente frialdad. Un hotel se sustituye. Un palacio se compensa con un cheque. Una cárcel de mujeres se tapa con una placa grabada para no ofender. Un barrio entero se derriba alrededor de la última familia que se niega a marcharse. Y una casa modernista se reduce a un grafiti tridimensional clavado en la escena del crimen.
Y, sin embargo. Sería deshonesto, y además mentira, pretender que El Corte Inglés es solo esto. Porque casi todos los que entramos guardamos ahí un recuerdo que no pesa, uno cualquiera: tu madre comprando el uniforme del colegio en septiembre, los hombres vestidos de Reyes Magos, el recibimiento perfumado de la planta baja, la cita de las siete bajo el reloj con un amante, la cafetería de la azotea donde tu abuela pedía siempre lo mismo.
Ahí está la trampa más fina de toda la historia, la que no firma ningún arquitecto: que el mismo edificio que se levantó sobre un lugar de represión, y ayudó a enterrarlo, es el que guarda los regalos de tu infancia. No puedes odiar del todo el sitio donde fuiste feliz con ocho años. Y lo saben. Por eso el recuerdo bueno, el privado, el de las bolsas con el logotipo, ha acabado montado justo encima del malo, el público, el enterrado; y por eso cuesta tanto levantar la cabeza: hacerlo obliga a derribar antes el recuerdo bonito para ver los fantasmas que hay debajo.
La próxima vez que entres en uno de estos edificios (y entrarás, todos lo hacemos, porque la operación funcionó) haz una sola cosa: levanta la cabeza. Busca la ventana de Fontanella. Recuerda que bajo algún suelo encerado hubo cuarenta y tres niños hacinados, y que un cheque firmado en un hotel de lujo bastó para borrar del mapa tres monumentos.
Las paredes ya no pueden contarlo. Así que tenemos que investigarlo nosotros, y eso es lo que estamos haciendo, con toda esta rabia (literal y fotográfica) porque la cortesía, en esta historia, estuvo siempre del lado del que firmó el cheque.